Choricear!

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De acuerdo con el Diccionario de la Real Academia Española, “Choricear” es un verbo que significa “robar”, término que proviene del Caló (lengua gitana).

 

Es probable que esta palabra, por esas cosas casuísticas del idioma, llegara al lenguaje cotidiano costarricense (más bien al pachuco), a partir de esta fuente.

 

Aunque existe la versión de que es un término autóctono que por casualidad coincide con la versión española. Sin embargo, pareciera que nos vino directamente de España. Seguidamente explico la versión que conozco (que bien puede ser el origen español del término).

Para quienes nos tocó la tarea, en nuestra infancia, de ser “chiquillo de los mandados”, nos viene a la memoria la imagen del carnicero del pueblo, con sus cuchillos afilados y desgastados por la chaira (afilador), el hacha clavada sobre la tuca en que se trozaban las piezas más duras y el infaltable serrucho para cortar el jarrete. Al fondo de la carnicería había una mesa de trabajo o moledero, con manchas viejas de sangre y uno que otro resto de carne o huesos, residuos de la actividad diaria.

Ni las sierras eléctricas ni lo guantes de acero se conocían, no sé si porque aún no se había dado ese desarrollo tecnológico o las posibilidades económicas de los carniceros no les permitían acceder a esos adelantos. Eran los tiempos en que la carne se colgaba en ganchos al aire libre a vista de la clientela y para disfrute de una que otra mosca que se colaba por los roídos cedazos y se le vendía envuelta en periódicos viejos, con apenas una tira de hoja de plátano en el medio para evitar que el papel se rompiera por la humedad de la carne.

En las carnicerías más sofisticadas, en uno de los extremos del moledero se colocaba, asida con su prensa de tornillo, una máquina de moler carne que funcionaba con una manigueta o manubrio. Con ella se hacía la carne molida y, con un aditamento especial, o cono, que se colocaba a la salida de las coladeras, una o dos veces por semana, se elaboraba el chorizo, usando como empaque las membranas de las tripas de cerdo.

Sobre el moledero, usualmente, se mantenía una olla vieja o una bandeja, en la cual se depositaban los residuos, que posteriormente servían para hacer el chorizo. Ahí iban a parar pedazos de grasa de cerdo, pellejos, orejas, lonjas de carne y, descuidadamente, recortes de carne y grasa de res y hasta menudencias (pedazos de bofe, sesos, hígado o mondongo). Se aderezaba con ramos de culantro, apio, una que otra papa y algunos condimentos. Todo se pasaba por la máquina de moler para ser embutido en la tripa.

Cuando se trataba de algún corte más fino, como el lomito de cerdo o de res, o aún la mano de piedra, era usual que las señoras se encargaran, en persona, de ir a la carnicería, para velar que les dieran algo de calidad (¡a los chiquillos, era fácil que nos dieran gato por liebre!).

Una práctica usual, en estos casos, era que el carnicero pesaba el corte que iba a vender y, de inmediato, ofrecía al ama de casa si quería que lo limpiara. Si la respuesta era positiva, con toda presteza procedía a mondar los excesos de grasa y pellejos, y desde luego, el famoso cordón. Todo eso era ganancia para el carnicero e iba a parar a la olla del chorizo.

En este trajín, no era inusual que, el carnicero, en beneficio de dar al chorizo algo más de carne que de pellejo, se le escurriera el cuchillo e hiciera la limpieza mucho más profunda de lo deseable. Por eso, cuando la señora aceptaba el hermoseo de la pieza, de una vez le advertía: “límpielo, ¡pero no haga chorizo!”, con lo cual le quería decir que no le cortara más de lo que debía para quedarse con una parte de la carne, que fuera legal, que no le hiciera trampa.

De allí empezó a derivarse el concepto de que “hacer chorizo” es engañar, hacer algo ilegal o incurrir en un acto de corrupción. La frase adquirió vida propia en el léxico español y que llegó, en algún momento a Costa Rica, y generó diferentes modismos: “choricero”, es el típico personaje corrupto que se beneficia de la hacienda pública. “Huele a chorizo” insinúa que algo tiene apariencia sospechosa de ilegalidad. “Choricear” significa dedicarse a actividades ilícitas. “Choris” es el típico personaje que siempre anda husmeando a ver en qué momento puede sacar provecho pecuniario  de alguna situación.

Aquellos carniceros artesanales casi han desaparecido. El chorizo se hace, en su mayoría, en procesos industriales. Pero todavía, abundan los choriceros que se aprovechan de la buena fe, de la confianza que se ha depositado en ellos y de la hacienda pública.

fuente: artículo original

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