UNA CRÍTICA A LA ECONOMÍA POLÍTICA

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Este comentario de un estudioso del tema, el economista y profesor David L. Prychitko, lo he traducido y puesto en Facebook, a fin de que quede bien claro el contenido del marxismo que vemos que hoy está castigando en la práctica al pueblo venezolano. Si las implicaciones del pensamiento marxista no son entendidas, no será posible tener éxito en la batalla de ideas que hoy se desarrolla entre quienes creemos en la libertad y quienes de hecho lo que ambicionan es conculcarla.

Nombre de quien lo aporta:

JORGE CORRALES QUESADA

LA NATURALEZA Y SIGNIFICADO DE MARX: EL CAPITAL:
UNA CRÍTICA A LA ECONOMÍA POLÍTICA
Por David L. Prychitko
Library of Economics and Liberty
6 de setiembre del 2004

Hace más o menos unos veinte años, compré mis tres volúmenes de la edición definitiva de Charles Kerr del libro de Karl Marx, El Capital, en la librería de Víctor Kamkin en el área de Washington, D.C. En ese tiempo, Peter Boetke y yo éramos estudiantes de posgrado en la Universidad George Mason y, una vez al mes, algún viernes, íbamos de compras a ver si encontrábamos una ganga de libros usados. Estábamos hurgando en los anaqueles polvorosos, llenos principalmente de libros de Progress Publishers de Moscú, incluyendo la colección completa de Lenin (la cual Boettke compró), cuando me encontré con esta gema.

Alguno de nosotros le habría dicho al otro que El Capital de Marx era su trabajo más maduro como un economista. La dependienta del negocio nos logró escuchar y, con un acento ruso, vociferó como protesta “¡Marx no era economista!” Tuvimos un pequeño intercambio de palabras -muy breve como para que constituyera un debate- en tanto que adquiríamos nuestros libros. Al salir, ella nos miró burlonamente.

En cierta manera, es entendible que la dependienta insistiera en que Marx no era un economista. Después de todo, échenle una mirada al subtítulo del libro, Una Crítica de la Economía Política. Marx no estaba trabajando dentro de la tradición de los grandes economistas políticos clásicos –perfeccionando y refinando las posiciones de Smith, Ricardo o Say. Esa tradición enfatizaba las características auto-regulatorias de un sistema de libre mercado -el concepto de la mano invisible- explicadas por las leyes económicas. En vez de ello, Marx buscó explicar lo que él vio como contradicciones inherentes al capitalismo y demostrar que los economistas clásicos confundían presuposiciones ideológicas con principios económicos universales. Su esfuerzo no fue tan sólo un ataque al capitalismo de libre mercado, sino también una crítica radical a la emergente disciplina de la teoría económica, una disciplina que él rechazó como fallida en su esencia. La mano invisible era una simple farsa, nos dice Marx. Lo que realmente está operando es algo más que una garra imprecisa, pero mortal, que actualmente ahoga a la clase trabajadora, pero que, en última instancia, también lo hará con los mismos capitalistas. Los economistas estaban ciegos ante esta realidad.

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Tal como lo puso Marx:

“La economía política clásica tocó casi a la verdadera realidad, pero sin llegar a formularla de un modo consciente. Para esto, hubiera tenido que desprenderse de su piel burguesa.” (Vol. I, Cáp. XIX [pár. VI.XIX.20], p. 594.)

(Note que él dice casi, no simplemente.) Marx buscó hacer un hoyo en el “velo ideológico” del capitalismo, a fin de llegar a sus operaciones sistémicas reales, las cuales son halladas en el reino económico material. Esta es la naturaleza del tratado de Marx.

Pero, si El Capital no era el trabajo de un economista, ¿entonces, qué era?

Suponga que nuestra dependienta diría que él era un socialista científico, el término que Marx usaba para diferenciarse a sí mismo, tanto de los economistas políticos clásicos, como especialmente de los socialistas ingenuos de su época, de quienes se burló llamándolos socialistas utópicos. Por una parte, usted tenía economistas vitoreando el surgimiento del capitalismo y de la riqueza que él generaba, por medio de un conjunto de principios económicos, tales como las leyes de oferta y demanda, la ventaja comparativa y las propiedades de un equilibrio a largo plazo por un mecanismo de precios competitivo. Ellos promovían una teoría sofisticada, que enfatizaba una especie de racionalidad social que surge cuando la gente es libre de proseguir proyectos que les interesa. Por otra parte, usted tenía a los socialistas críticos del capitalismo, quienes se lamentaban de muchos de los efectos sociales del desarrollo del sistema fabril, del refinamiento técnico de la división del trabajo y del surgimiento de ricos productores capitalistas. Estos críticos variaban, desde Robert Owen, quien como tal era un rico industrial, quien dedicó mucha de su propia riqueza a formar cooperativas y proyectos de vivienda para la clase trabajadora e intentó persuadir a otros capitalistas para que asumieran la causa, hasta chiflados soñadores teóricos, como Charles Fourier, quien brindó esquemas detallados acerca de una comunidad socialista ideal. (Y cuando digo detallados, doy a entender hasta el último grano, cuando “el hierofante llama para el himno, golpeando las primeras tres notas de un diapasón” ¡a fin de preparar a la comunidad socialista para la promesa de un nuevo día! [1]

De acuerdo con la visión de Marx, ninguno de los dos lados -los defensores y los críticos- apreciaba el proceso dialéctico. Ningún lado entendió que el capitalismo era tan sólo una fase histórica –si bien una fase histórica necesaria. Los economistas pensaron que habían descubierto el funcionamiento de los principios económicos universales, cuando, en efecto, se habían convertido en simples crédulos de un orden económico temporal. Esto se hace más claro en la economía clásica después de Ricardo, de quien Marx dice que perdió toda esperanza de permanecer como científico e imparcial y que, en vez de ello, se convirtió en simple apologeta. A esto Marx lo subestima, al llamarlo economía vulgar:

“La burguesía había conquistado el poder político en Francia y en Inglaterra. A partir de este momento, la lucha de clases comienza a revestir, práctica y teóricamente, formas cada vez más acusadas y más amenazadoras. Había sonado la campana funeral de la ciencia económica burguesa. Ya no se trataba de si tal o cual teorema era o no verdadero, sino de si resultaba beneficioso o perjudicial, cómodo o molesto, de si infringía o no las ordenanzas de policía. Los investigadores desinteresados fueron sustituidos por espadachines a sueldo y los estudios científicos imparciales dejaron el puesto a la conciencia turbia y a las perversas intenciones de la apologética.” (Vol. I, Prefacio del Autor a la Segunda Edición [pár. M.17], p. 19).

Por ejemplo, Marx vio a Bastiat como “el representante más vacuo y, por tanto, el más genuino de la economía política vulgar.” (Vol. I, Prefacio del Autor a la Segunda Edición [par. M.20], p. 20).

En contraste, los socialistas utópicos estaban desarrollando planes fantásticos para reformar al hombre, reformar las instituciones sociales, o a ambos. Sin embargo, fracasaron en ver que el sistema en sí estaba en un proceso dialéctico continuo de cambio profundo, emprendido por un conflicto de intereses de clases antagónicos.

Marx no aceptaría ni los puntos de vista de los economistas ni de los socialistas de su época. Marx discutía que el hombre se dará cuenta de su pleno potencial, tan sólo después de que el sistema haya cambiado radicalmente, después de que los conflictos de interés de las clases hubieran terminado con una revolución dialécticamente inevitable.

Hallamos ese interés de Marx por el potencial humano en sus trabajos tempranos, particularmente en The Economic and Philosophic Manuscripts of 1844 [Manuscritos Económicos y Filosóficos de 1844]. Allí señala que, bajo el capitalismo, las cosas simples son tratadas como seres y el hombre es tratado como una simple cosa. Los Manuscritos de 1844 establecen esta discusión del punto de vista de Marx acerca de la naturaleza del hombre -lo que es y lo que puede ser- en una teoría dialéctica. La historia es la historia de la lucha de clases, de la alienación humana, de las contradicciones sistémicas vigentes, pero la historia inevitablemente llega a un fin – la negación del orden capitalista alienado cederá en última instancia a la síntesis de lo que sería esencialmente un nuevo orden. El socialismo le pondrá un fin a la historia, un fin a la alienación y finalmente liberará un “un retorno al hombre para sí mismo.”

El hombre hará una realidad de su potencial sólo después de que el sistema haya cambiado radicalmente. Pero ¿qué es exactamente el sistema? El esfuerzo de Marx en El Capital trata de exponer el principio ordenador clave de la sociedad comercial. En esta forma, él, tal vez, era -ya sea que estemos de acuerdo o no con su teoría- el primero en desarrollar lo que luego sería llamado análisis de sistemas económicos comparados.

En general, por supuesto, el principio organizador es el mercado. Pero, más específicamente, desde el punto de vista de Marx, es el capital en sí el cual domina las relaciones en una sociedad comercial “capitalista”. Entendiendo exactamente lo que es el capital, deja al descubierto el acertijo del sistema de mercado. Marx intenta hacer exactamente eso en estos tres gruesos volúmenes.

Marx argumenta que los clásicos fracasaron en cuanto a entender la naturaleza del capital. Ellos vieron al sistema de mercado simplemente como un intercambio de insumos para la producción -capital, tierra y trabajo- para obtener ganancias de las producciones de bienes. Su perdición fue conceptualizar al capital como una cosa, tal vez como una máquina o aún una suma de dinero, en vez de una relación entre gente que también toma la forma de relaciones sociales entre cosas:

“¡Capital, tierra y trabajo! Pero el capital no es una cosa material. Es una inter-relación definida en la producción social, correspondiente a una determinada formación histórica de la sociedad. Esta inter-relación se expresa a sí misma por medio de una cosa material y le infunde a esta cosa un carácter social específico. El capital no es la suma de los medios de producción materiales y producidos. El capital más bien significa los medios de producción convertidos en capital y los medios de producción en sí tienen tan poco de capital como el oro o la plata, como tales, de dinero. Capital es el conjunto de los medios de producción monopolizados por una determinada parte de la sociedad, los productos de los requerimientos materiales de trabajo hechos independientemente de la fuerza de trabajo de seres humanos vivientes u antagonista de ellos en donde este antagonismo se personifica como capital. Capital no es solamente los productos de los obreros convertidos en potencias independientes, los productos convertidos en dominadores y compradores de quienes los producen, sino también las fuerzas sociales y la futura… (ilegible) forma de este trabajo, que se enfrentan con ellos como cualidades de sus productos. Nos encontramos aquí ante una determinada forma social, muy mística, a primera vista, de uno de los factores de un proceso social de producción históricamente fabricado.” (Vol. III, Cáp. XLVIII [pár. I.XLVIII.5. La palabra "ilegible” aparece en la edición original de 1909. –Econlib ed.], p. 948.)

La totalidad de la teoría clásica de la mano invisible, la armonía de intereses, las propiedades equilibradoras de un mercado competitivo, necesariamente colapsan como disciplina científica:
“no es posible analizar científicamente el fenómeno de la competencia antes de comprender la estructura interna del capital, del mismo modo que para interpretar el movimiento aparente de los astros es indispensable conocer su movimiento real, aunque imperceptible para los sentidos. (Vol. I, Cáp. XII [p[pár. IV.XII.8]p.347).

Marx inicia su Volumen I con un análisis extenso de las mercancías, su producción y su intercambio por dinero y desarrolla su noción de fetichismo de la mercancía en el Capítulo 1, Sección 4. Marx se esfuerza por mostrar que la producción y el intercambio de mercancías tienen una naturaleza dual: la economía de mercado en realidad exhibe una relación material entre personas (los trabajadores son tratados como insumos costosos en el proceso productivo) junto con un flujo social de las cosas (tal como es a menudo representado en conjuntos de ecuaciones simultáneas que todavía, hasta la fecha, se enseña a los estudiantes de economía en los niveles altos). Marx dice que esta no es una ilusión. Sin embargo, el problema es que tanto la relación material entre la gente como el flujo social de cosas materiales, esconden el hecho de que ambos, la producción y el intercambio de bienes, son también, y fundamentalmente, establecidos por relaciones sociales específicamente históricas (capitalista) entre los seres humanos. La economía capitalista crea un flujo complejo de bienes, un flujo que tiene “una vida propia” y, por lo tanto, engaña a los economistas (y a los ciudadanos cotidianos de un orden capitalista), debido a que ellos creen que esto representa un estado natural de las cosas.

En La Riqueza de las Naciones (Libro IV, Cáp. IX [p[pár. IV.9.51]p. 687), Adam Smith llegó tan lejos como considerar a las estructuras capitalistas de la sociedad comercial parte del “sistema obvio y simple de libertad natural.” Y ese es el engaño, de acuerdo con Marx. El capitalismo tiene una propiedad sistemática que conduce a la gente a creer que están involucrados en una actividad natural, libre -la libertad de aceptar o rechazar empleo, la libertad de intercambiar, ahorrar e invertir como les parezca, etcétera- cuando son, en efecto,
“fórmulas propias de un régimen de sociedad en que es el proceso de producción el que manda sobre el hombre, y no éste sobre el proceso de producción.” (El Capital, Vol. I, Cáp. I [p[pár. I.I. 136]p. 93).

El sistema de mercado parece obvio, y simple, y natural, pero, a lo largo del tiempo, esconde el hecho de que la gente está aún condenada a la alienación, una alienación aún más cruel que aquella de las relaciones de amo-esclavo, porque el sistema les estimula a que crean que están ejercitando su libertad de elección en la relación patrono-trabajador. Al menos, la mayoría de los esclavos -para su ventaja- sabían que ellos no eran libres.

En el Volumen I, Marx hace un gran esfuerzo para desarrollar la teoría del valor trabajo y demostrar que la ganancia (o plusvalía) puede tan sólo ser generada a través de la explotación sistemática, escondida, del trabajo [2[2]a discusión de Marx en el Capítulo X cerca del “Día Laboral”, es tal vez la más fácil de leer para aquellos lectores quienes desean evitar el análisis técnico. Los volúmenes II y III tratan extensivamente de la explicación de Marx de ciclos de negocios y de crisis económicas perturbadoras, causadas por desbalances monetarios, en tanto que su discusión de la “Fórmula Trinitaria” en el Volumen III, Cáp. XLVIII, ofrece tal vez su crítica más asequible de la explicación de los economistas clásicos, del ingreso ganado en una sociedad capitalista.

Usted no hallará en El Capital algún esquema detallado de una sociedad socialista. Marx no llega tan lejos como aquellos socialistas utópicos, quienes desperdiciaron su tiempo soñando diseños fantásticos. De hecho, ésta es, en gran parte, una crítica a la teoría económica establecida. Pero mucha de la visión de Marx acerca del socialismo está implícita en su teoría de la alienación y en su crítica de los planes económicos del capitalismo. Sin duda alguna, Marx creía que la sociedad socialista le pondría fin a la alienación, la explotación y a la ilusión, aboliendo los derechos de propiedad privada, la producción de mercancías, los salarios y el dinero. Permitiría al hombre de verdad darse cuenta de su libertad, su praxis potencial. Marx toma como dada la posibilidad futura de una sociedad socialista totalmente no alienada y en El Capital emplea esa visión en su examen crítico del capitalismo. No es nada distinto de tener una creencia clara y sólida en el cielo, para juzgar lo que constituye el pecado aquí en la tierra. Marx sustituye al cielo por el socialismo, a la tierra por el capitalismo y al pecado por la alienación. Utiliza su ideal no-alienado como punto de referencia para juzgar y evaluar las características del capitalismo del mundo real.

Marx ofrece ocasionalmente, en términos generales, a lo que un sistema económico radicalmente alternativo, en resumen, el socialismo, debe parecerse. Por ejemplo, sería completamente planificado:

“La forma del proceso social de vida, o lo que es lo mismo, del proceso material de producción, sólo se despojará de su halo místico hasta que ese proceso sea obra de hombres libremente asociados y sea conscientemente regulado por ellos de acuerdo con un plan acordado.” (El Capital, Vol. I, Cáp. I (pár. I.I.135), p. 92).

* * *
Si La Riqueza de las Naciones de Adam Smith es el locus classicus de la teoría económica y la defensa de la sociedad libre, entonces, El Capital constituye su alternativa más radical. Su significado histórico en el movimiento socialista no puede, por supuesto, ser subestimado. Sus puntos de vista en El Capital cambiaron al mundo. Sin embargo, el curso del tiempo ha demostrado que la visión general de Smith es mucho más condescendiente con la condición humana en comparación con la de Marx.

Pienso que uno puede entender mejor la visión de Adam Smith acerca del “sistema de libertad natural”, suplementando su Riqueza de las Naciones con su libro menos leído, La Teoría de los Sentimientos Morales. No hay dos Smiths (el economista y el filósofo de la moral). Hay uno sólo. Y lo mismo pasa con Marx. Sus esfuerzos en El Capital son mejor entendidos a la luz de los Manuscritos de 1844. El Capital, su obra maestra, es el trabajo de Marx como economista maduro, pero es algo mucho más que eso. Edifica sobre sus previos puntos de vista filosóficos. Tomó esas nociones como punto de partida e intentó un dolorosamente detallado análisis teórico del capitalismo, como un sistema contradictorio y alienante.

El Capital es de una lectura difícil en muchos lugares, sobrecargado de discusiones técnicas que ahora no parecen ser tan relevantes. En otras áreas es apasionante leerlo. Uno puede empezar a entender cómo fue que Marx capturó la imaginación de revolucionarios y de cómo, en sí mismo, el Marxismo se convirtió en un programa ideológico, con sus propias contradicciones, confusiones, dogmas e ilusiones.

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REFERENCIAS

Fourier, Charles. 1983. The Utopian Vision of Charles Fourier: Selected Texts on Work, Love, and Passionate Attraction. Traducido, editado, y presentado por Jonathan Beecher y Richard Bienvenu. Columbia, MO: University of Missouri Press.
Marx, Karl. 1906. Capital, Vol. I: The Process of Capitalist Production. Traducido de la 3a. edición en alemán por Samuel Moore y Edward Aveling, y editado por Frederick Engels. Chicago: Charles H. Kerr and Company.
—————. 1909. Capital, Vol. II: The Process of Circulation of Capital. Traducido de la 2a, edición en alemán por Ernest Untermann, y editado por Frederick Engels. Chicago: Charles H. Kerr and Company.
—————. 1909. Capital, Vol. III: The Process of Capitalist Production as a Whole. Traducido de la 1a. edición en alemán por Ernest Untermann, y editado por Frederick Engels. Chicago: Charles H. Kerr and Company.
—————. 1964. The Economic and Philosophic Manuscripts of 1844. Traducido por Martin Milligan, y editado por Dirk J. Struik. New York: International Publishers.
Prychitko, David L. 1993. “Marxism,” in David R. Henderson, ed., The Fortune Encyclopedia of Economics. New York: Warner Books, pp. 123-127.
Smith, Adam. 1759. The Theory of Moral Sentiments.
—————. 1776. An Inquiry into the Nature and Causes of the Wealth of Nations.

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NOTAS AL PIE DE PÁGINA

[1[1]er, por ejemplo, Fourier (1983). Causa hilaridad.
[2[2]reviamente he cubierto los tópicos de la teoría del valor trabajo de Marx y de la alienación, con un mayor detalle en Prychitko (1993)
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David L. Prychitko es autor de Marxism and Workers’ Self-Management: The Essential Tension (Greenwood Press, 1991), Markets, Planning and Democracy: Essays after the Collapse of Communism (Edward Elgar Publishing, 2002), y, junto con Paul Heyne y Peter Boettke, de The Economic Way of Thinking, 10th ed. (Prentice Hall, 2003), un texto introductorio que recientemente apareció traducido al japonés y al húngaro. Es profesor de economía de la Universidad del Norte de Michigan y profesor asociado del Programa sobre Mercados e Instituciones del Centro de Economía Política James M. Buchanan de la Universidad George Mason. A Prychitko se le otorgó la Silla en Honor de Cecil e Ida Greene en economía en la Universidad Cristiana de Texas en el 2004.