Una mañana de muchas con el Mudo Loaiza!

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Eran más o menos las tres de la mañana, era una madrugada oscura, como todas, salvo con la luna llena y un cielo lleno de diamantes en verano, que se podía ver mejor, todo se veía maravilloso, en cálidos y fríos tonos de azul- gris.

De los hoyos de su nariz, salía el cálido aliento que instantáneamente se mezclaba con la neblina de esa madrugada. Inquieto en el corral, el imponente toro, no tenía sosiego. Caminaba de un lado para otro, como si de algún modo, hubiera sido notificado de su fatídica suerte.

El gran “maizol” blanco con manchas salpicadas de gris y café, daban fe del origen genético de la bestia, enrazado el criollo animal de grande y fuerte cornamenta, golpeaba los cuernos contra los postes del corral y dejaba sonar su bramido, como en un canto, como un lamento al aire.

De pronto ya en el fogón, que alumbraba la oscura cocina junto a una canfinera repleta del mas fino kerosene, comprado en la bomba de Beto Solís, hacía brincar el silbido de aquella cafetera, el agua, ya hirviendo quería encontrar su destino en el fondo de aquella bolsa de franela repleta de café tostado la semana anterior en el mismo fogón.

Por señas su esposa fue a decirle a su esposo que pronto estaría el desayuno, era el Mudo Loaiza, que acomodaba sus botas, tomando su sombrero ancho de lona, se afianzó sus pantalones hasta su cintura, se apretó el cinturón y camino a paso firme y decidido,  a desayunar. El sabroso pinto con café recién chorreado acompañado con un par de huevos de la “cuijén” deleitaron junto a las tortillas recién hechas, su paladar. Hubiera gritado, ¡Delicioso! pero no podía, pues no hablaba, la naturaleza le había privado del don de la palabra, pero todo lo decía, y todo lo mostraba, su esposa, satisfecha, lo sabía, ella amaba a ese hombre.

Desayuno, y fue en busca de su fiel corcel, al cual ensilló con la nueva alpargata, alisto su nueva soga, bien cebada, y se dirigió al corral.

El toro no fue fácil juego para el Mudo Loaiza, pero su experiencia y sus manos curtidas en el oficio, dieron en el blanco al mandar el primer sogazo, su caballo que, como él sabía bien el juego, dominaron rápidamente a la bestia por maña y por suerte.

Salieron de su casa, rumbo al matadero, por la vuelta del zoncho, al final del campo, ya se encaminaba en ese mismo rumbo, el señor de las Cabras, don José Cruz, buenos días vecino, exclamo José,  – Loaiza le devolvió el saludo con un gesto.

El toro insistió nuevamente en tomar su propio camino, ahora ya el Firulais, el fiel canelo amigo de Loaiza y con un tremendo sentido vaquero, mordió las piernas del toro indicándole el camino y esquivando las patadas y cornadas que el molesto animal le aplicaba. Era su instinto canino que le ayudaba.

Pasaron frente a la Escuela 12 de Marzo y ahí salía a ver el alboroto que había, era  Capiro Ceciliano, que al ver a su vecino, exclamó:  es solo el Mudo Loaiza, su perro y su caballo que llevan un toro para el matadero, y atrás va José con su carretón.

Siguieron por el camino, y llegando donde ahora esta la Mc Donald´s en el pueblo, estaba el Hotel Lala, ahí fue tanto el barullo que todos los que estaban hospedados tuvieron que madrugar, se oyó gritar al Chino Mora, ¡si no puede con ese toro, me avisa compadre!

Ya en el parque que era plaza en aquel tiempo, se veía un grupo de gente que se alistaba para ir a sus trabajos, pasaron por la Grandeza, ya estaba Mario Bonilla abriendo su tienda, tuvo que rápidamente tomar refugio, pues el toro a pesar de la soga y la fuerza del caballo, estuvo cerca de despeinar su cabellera, bien lucida, llena de glostora.

Siguieron su camino, en la Casa Amarilla, ya había gente al frente, Hilda Cruz estaba ya abriendo su negocio, Lalo Acuña con los ojos soñolientos, sus pantalones cortos, se frotaba los ojos frente a la zapatería, junto a la Sodita Sonia, su hermano Roger que era menor le advirtió del peligro y el Mudo Loaiza siguió su camino al final del campo.

Llegando al final, justo en la recién abierta pulpería y cantina el Uno Más, ya había otros vaqueros que llevaban su ganado a la plaza, Los Padilla, Los Navarro, Los Mena, Los Mora, Los Fernández  y otros, ya estaban viendo cual toro comprar y cuanto pagar, por la carne que estaría en sus carnicerías ese mismo día.

 

 

 

 

NOTA DEL EDITOR: Estos extractos que hemos venido publicando, los encontraran más extensos en un libro que estaremos pronto poniendo a disposición de los queridos lectores. Se les agradece sus opiniones y que compartan las historias y cuentos con el fin de despertar el sentido de pertenencia por el cantón. Que juntos en la memoria colectiva, podamos encontrar sentido de nuestro destino como pueblo, como comunidad, como familia.

Rigoberto Vargas

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