¡De calles polvorientas a abultadas billeteras, esos eran los días!

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Cuando el pueblo era calmo, cuando todos nos conocíamos, cuando entre todos nos cuidábamos, eran los tiempos donde aún las calles de color colorado, barro en el invierno y polvo en el verano, que penetraba hasta los tuétanos cuando el viento soplaba.

Los caños que traían las aguas de desecho de las casas del barrio, que pasaban donde debía de haber aceras, que en partes faltaba y en otras no, servia para que los habitantes del barrio, hicieran un sinfín de pequeñas represas, para que equipados con un palo y un guacal sujeto a un extremo, pudieran tirar agua al centro de la calle para aplacar el polvo.

Algunos no usaban guacal, algunos usaban uno de metal, que se usaba en la molienda, y otros, como en mi caso, usábamos latas de avena “cuaker”que decía QUAKER y que tenía el dibujo de un hombre, que en mi mente resembraba a Benjamin Franklin. De cachetes rosados y blanca peluca, que según los mercadotécnicos de la época, era todo un símbolo de salud.

Una tarde de verano, cuando el sol ya empezaba, su camino a casa, me encontraba yo en mi faena tirando agua a media calle, cuando mire, estaba unido en mi labor y haciendo lo suyo, Demetrio Mecho Cervantes de un lado, y del otro Tista, su hermano, que competía con Roberto Lobo de la Muebleria El Valle a ver quien cubría más terreno con el lanzamiento de agua del caño a media calle.

Yo me divertía viendo a estos dos señores, casi que como tíos, de alguna forma mía, pues en ese tiempo todos eramos familia en cada barrio de este Valle. Competían cual niños para ver quien ganaba, yo hacía mi esfuerzo aún mayor, para cubrir por lo menos un área similar a ellos.

 

Tanto era mi atención en lo que ellos hacían que no me percate que venia acercándose a mi radio de tiro, una señora, vestida de blanco, con su vestido almidonado, y  záz ¡paso lo inevitable! Para desgracia mía e infortunio de la dama, cuando tire el gran poco de agua, Doña Merceditas quedo totalmente mojada con agua de caño.

 

A mi se me hizo eterno ese momento, Mecho Cervantes corrió a su negocio, lo mismo hizo Tista y Roberto, ya no sabia que hacer, sólo escuchaba la risa alta y fuerte de Arnulfo Jimenez (Padre) , el Gran Luma, quien estaba en la Barbería de Mateo y vio todo el asunto.

Doña Merceditas, hablaba y hablaba, yo de los nervios no entendía, después supe que dijo, — Carajillo debe de tener más cuidado!

Siempre amable, siempre bien vestida, la gran dama, la gran señora, alegría en el barrio, así era Doña Merceditas.

Los chiquillos del Barrio, jugamos frente a una de las mejores aceras que había en su momento, la que menos se usaba, esta en el lado de la cuesta, camino al Cementerio, donde en otrora, el magnifico Cine General, había deleitado a muchos, pero que ya solo quedaba en el recuerdo,  en la Famosa Puerta del Sol del Capitán Jesús “Tuto” Pereira, nos daban altas horas de la noche, jugando rayuela, jugando moros y cristianos, jugando escondido, y haciendo cuanta travesura se pudiera hacer.

Ahí estaban las hijas de Tuto, las hijas de Julio Duran y su hermano Rubén, por supuesto que Taco Hernández no podía faltar, ni las hijas de el Sastre Gato Román que junto a Carrincha vestían casi a la mitad del pueblo.

Siempre buscamos bromas, siempre buscamos juegos. Había que mantenerse ocupado en tan largas noches y tan cortos días.

Una vez utilizando una vieja billetera, la llenamos de papel periódico cortado en forma de billetes, de alguna forma alguien consiguió el borde de un billete de cinco colones para ponerlo que saliera discretamente de la billetera, que la teníamos atada a una cuerda de pescar, que por lo oscuro de la noche se hacía invisible. Era una de nuestras bromas que  no duro mucho.

Muy disimuladamente, la colocamos casi en la puerta de salida de la cantina El Cometa de Felo Chavarría, que estaba en la pura esquina al frente de la Ferretería de Julio Durán. Donde llego a estar el Almacén La Bodeguita.

Cuando algún feligrés salía ya un poco feliz de la cantina y se encontraba con esa sorpresa, lo que hacía inmediatamente era ponerle el pie, volvía a ver para todo lado, por si lo estaban viendo, por supuesto que estábamos en la esquina cruzando la calle una catizumba de chiquillos que parecía que no poníamos atención, cuando se inclinaba a pesar de su estado, rápidamente se le jalaba la billetera fuera de su alcance.

Casi siempre salían corriendo detrás de billetera y le volvían a poner el pie. Luego la misma historia, volvían a ver para todo lado, y lo intentaban de nuevo. Se llevaban como tres intentos para darse cuenta que los estaban vacilando. Y salían gritando muchas bendiciones a nosotros, quienes reíamos sin parar al anotar una víctima más a nuestras travesuras.

Sigan leyendo y compartiendo, que vienen más aventuras!

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  1. Elizabeth Coto Quijano
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