Así se pule una montura!

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Tío Jorge Ramírez, no era fácil, era un hombre amable, pero tenía un carácter, como dicen por ahí amargo. Yo hacía lo posible por complacerle, pues mi deleite era, andar siempre con mi Tía Hilda. Yo decía que mi tía tenía dos mascotas, un gran pastor alemán Rex, que le acompañaba a todo lado y yo.

Entre las pasiones de Jorge estaban sin duda sus caballos. Tenía una yegua, preciosa, la famosa Gitana. Hija de campeones y famosa por su belleza y porte, que trascendió las fronteras.

 

 

Por supuesto que una yegua así, tenía que ir bien aperada, tenía su fina montura, que no se si la había comprado donde unos famosos talabarteros en Cartago o en Sarchi, la cuestión es que la montura le hacía juego llena de toques brillantes, el cuero bien lustrado de bello brillo, no tenía comparación.

Venía un tope de las fiestas del 15 de mayo, ya la gitana, bien bañada, con el fino shampoo, acicalada, la tenía tío Jorge, lista para ser ensillada, en la parte de atrás del Hotel Chirripó.

Yo queriendo ganar el favor de Tío Jorge, tome la caja de zapatos y me fui que a “embetunar” la montura. Lo hice con tanta pasión y gusto, que la deje al sol, para que según mi teoría cogiera más brillo, antes de pulirla con un trapito de franela para quitar el exceso de negro betún que le había colocado.

En esos momentos, mi Tía Hilda, iba para la finca de Palmares, ni se a que, me dijo, vamos, ni lerdo ni perezoso subí al carro. Mi misión con la montura, quedo a un segundo plano.

 

De camino me acorde, pero no dije nada, no pensé que iba a ver consecuencias.  Bueno durante mi ausencia Tío Jorge llego, tomo la montura y ensillo a su afamada Gitana. El vistiendo su más fina camisa de algodón de lino, su blanco pantalón nuevo y un nuevo sombrero de pita, se montó en su corcel y se unió al grupo de jinetes que ya le esperaban, frente al Parque, ahí estaban Los Solís, Calichón Peralta, Los Picado, Molina, Ceciliano, Ramiro Zúñiga, Castro  y muchos más.

Llegamos de vuelta al centro y corrí a la Terraza del Chirripó para ver el tope, de la montura ni me acordaba. Cuando llego Jorge, y  vimos que su pantalón impecablemente blanco, tenía todas las sentaderas, negras, del negro betún, que había pulido durante las dos horas que estuvo en su yegua la Gitana.

Su enfado no era para menos, lo que pasaba es que nadie sabía que había sido yo quien le había puesto betún a su montura. El estaba más molesto con los talabarteros pues pensaba que era algo con la tinta que se le había colocado cuando la hicieron, pues el estaba estrenando la bendita silla.

No me quedaba más que hacer lo correcto y proceder con temor, a confesar que yo había embarrado la montura de betún. De los gestos, y reacciones ni le cuento, pero si en algún lugar de su corazón Tío Jorge me perdonó. Pero siempre me recordó, como se debe pulir una montura!