Días de Vacaciones

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Prof. José Luis Matamoros

Otra linda historia, compartida por el Profesor Jose Luis Matamoros. Cuando nuestras calles polvorientas y de barro colorado, donde la inocencia se “amigaba” con la invención de donde salieron experiencias y diversión, días que no han muerto en nuestros recuerdos.

 

Días de vacaciones

 

 

 

Días de vacaciones

 

Corría el año 1968, ahí más o menos a mediados de enero, plenas vacaciones de tres meses. Qué tiempos, podíamos disfrutar a plenitud las vacaciones antes de empezar en marzo el nuevo curso lectivo. No había distracciones electrónicas, nada nos apartaba de disfrutar de la naturaleza en mi querido barrio Boston, árboles cargados de guayabas, blancas siempre con gusanos que hacíamos a un lado y las deliciosas de pulpa roja, otros cargados de deliciosos mangos, palos de guaba, todo gratis, solo era cuestión de subirse al árbol y tomarlas con nuestras propias manos. Una tarde mi hermano Enrique, qué era como un mono para subirse a los árboles, estaba encaramado en un palo de guaba, fue a coger una de las guabas y se resbaló, quedó guindando en la rama, nos quedamos viéndolo, nos asustamos mucho por la altura en donde estaba, nos daba miedo que en algún momento se soltara, mi hermano William nos dijo “hay que buscar algo para que caiga suave”, fuimos y quitamos todos los colchones de las camas los colocamos debajo donde calculamos que iba a caer y le gritamos “Enrique suéltese y caiga sobre los colchones”, mi hermano volvió a ver y como pudo se agarró de otra ramo y se bajó del árbol, lo abrazamos y nos dijo entre risas “qué susto les pegué verdad”, lo agarramos y le dimos macilla por habernos asustando tanto.

Por las tardes se armaba la famosa mejenga en un potrero de alguien que nunca supe. Todos los chiquillos del barrio al ser las 4 de la tarde nos reuníamos, hacíamos una fila y los dos de mayor edad nos iban escogiendo uno por uno para formar los dos equipos. El partido se terminaba cuando se acaba la luz natural o nuestros padres nos pegan aquel chiflido característico que significaba “a comer”, ¿y el marcador?, eso nunca nos interesaba. Para hacer la cancha más profesional, nos fuimos un día a una montaña cercana, cortamos unos árboles y armamos unos marcos, ya la cancha se veía muy bonita, hasta que llegó un día el dueño y con un machete se apeó los marcos y nos prohibió volver a jugar porque teníamos destruido todo el zacate.

 

Por esos tiempos vino un circo de propietarios mexicanos a San Isidro, se instalaron en la plaza de la escuela 12 de marzo, mi papá un día nos dijo “chiquillos alístense lo voy a llegar al circo”. Qué felicidad, nos fuimos y la pasamos de maravilla en el circo viendo los payasos, los tipos que se metían en una jaula en moto y hacían acrobacias en aquel espacio tan pequeño, luego vinieron los trapecistas balanceándose de un trapecio a otro, que emoción. Al otro día se nos ocurrió que podíamos hacer los mismo que los trapecistas del circo, compramos un mecate en la “Puerta del Sol” de don Tuto Pereira y en un árbol de madero negro construimos nuestro trapecio. Ahí pasamos las tardes tratando de hacer maromas en el famoso trapecio, hasta que una tarde uno de nuestros amigos “Fernando Calderón”, al balancearse se soltó y fue a dar con toda su humanidad al suelo, todos corrimos y nuestro amigo se retorcía de dolor, y pegaba unos gritos terribles, fuimos a llamar a sus papás, se lo llevaron y al otro día llegó “Nandy” con un yeso, mi mamá mandó a quitar el trapecio muy enojada y guardó la cuerda para que “no inventáramos más tonteras” y termináramos como nuestro amigo.

Teníamos que buscar algo nuevo qué hacer, nos fuimos a caminar por el potrero y en eso vimos una gran peña, entonces buscamos unos cartones y comenzamos a resbalar por la peña que como era verano el pasto estaba seco y nos facilitaba el descenso. Mi hermano Jorge una mañana se le ocurrió que, para poder deslizarnos mejor, había que construir una especie de “trineo”. Fuimos a comprar los materiales al aserradero “Pena y Saborío”, y después de unas horas el trineo estaba listo, lo llevamos a la peña y lo probamos, pero no se deslizaba bien, nos pusimos a pensar cuál sería el problema, mi hermano Jorge dijo “hay que cepillar bien las partes de abajo y ponerle parafina para que se deslice bien”, otra vez al trabajo y de nuevo a probarlo, funcionaba bastante bien. Al rato llegó Milton Mena (botella), el hijo del carnicero, a ver qué es lo que hacíamos y al rato nos dijo “ese trineo lo que le falta es un poco de cebo para que se deslice bien”, se fue a su casa y trajo un poco, se lo aplicamos y entonces hasta que se nos parara el pelo donde bajamos la pendiente como locos. El primer trineo era para una sola persona, entonces construimos uno más grande y podían montarse tres y otros vecinos del barrio construyeron sus propios trineos hasta que la famosa cuesta quedó en pura tierra, terminamos con los pantalones rotos, llenos de raspones cuando el trineo perdía la dirección, cuando nuestra madre vio la ropa toda rota, dio la orden de “no más trineos o los garroteo”, “ustedes creen que la ropa la regalan”, “ustedes creen que el dinero viene por la cañería” y se acabó esa diversión.

Por las noches, como no había televisión, nos reuníamos en la calle sentados en las piedras, después de un rato alguien inventaba qué hacer, inventamos un juego que consistía en formar grupos, nos dividíamos las zonas del barrio, luego si un grupo sorprendía a otro lo atacaba y si tomaba algún “prisionero”, lo amarramos a un árbol, el que tomara más prisioneros ganaba el juego, así estuvimos dedicados al juego varias noches. El juego se terminaba como a las 9 de la noche. Una de esas noches, ya tarde, tocaron la puerta de mi casa, era don Fernando Elizondo, salió mi mamá a abrir la puerta y escuchamos la conversación: “Doña Marina, usted podría preguntarle a sus hijos, si Gapo (así le decíamos a su hijo), estaba jugando con ellos, es que no ha regresado a la casa y estamos muy preocupados”, nos volvimos a ver todos, en eso mi hermano Melvin dijo “hay no, a Gapo lo amarramos y se nos olvidó soltarlo”, mi hermano le contó a mi mamá sobre el asunto, mi madre le contó a don Fernando y se fue a buscarlo diciendo miles de palabrotas. Gapo al otro día andaba buscando a los que lo habían dejado amarrado para armarles la bronca. Mi mamá muy enojada por el asunto nos dijo “están castigados, durante una semana no salen de noche ni al portón”.

Así pasaban nuestros días de vacaciones que se nos hacían eternos, tanto así, que ya en febrero estábamos deseosos de regresar a clases.

Prof. José Luis Matamoros