La Muerte de la Abuela Rosa

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Una nueva historia del Prof. José Luis Matamoros, que publicamos con gozo. Y a quien le agradecemos su colaboración con esta página.

La muerte de la abuela Rosa

Pertenezco a ese grupo de personas que no tienen recuerdos de sus abuelos, tanto paternos como maternos. Mis abuelos maternos: Anselmo Barrientos, nunca los conocí, y de mi abuela Micaela Fallas, una mujer muy emprendedora, comerciante, con una catizumba de hijos, un día les dijo: “mañana nos vamos para el General”, y así llegaron a vivir a este valle hermoso.

 

La vi poco, ya con sus años encima vivía en Avenida González, una que otra vez llegué a visitarla, me servía una tortilla con queso y un jarro de aguadulce.

Cuando la mayoría de sus hijos se trasladaron a vivir San José, ella decidió marcharse también, se fue a vivir a Tibás.

En aquellos años ir a San José, era por una cita médica y de especialista, así es que cuando volví a tener noticias de ella, era porque estaba ya enferma de muerte.

Tampoco conocí a mi abuelo paterno, creo que se llamaba Ramón Matamoros, vivían en San José junto a mi abuela Rosa.

Solo una vez mi padre nos llevó de visita donde la abuela Rosa y después nos visitó una vez en San Isidro.

 

Del abuelo Ramón nunca supe ni cuando se murió, y tampoco escuché nunca a mi padre decir nada de qué fue de él. Por los años 1960, 61, mi madre empezaba su vida en la docencia, le dieron una plaza interina en la escuela de Pacuarito, camino a Dominical. Montamos todas las cosas en un camión y nos fuimos a vivir a ese pequeño pueblo.

A mediados de febrero del año 62, a mi madre la nombraron en la escuela de Mollejones, así es que hubo que arrollar los metates y de nuevo trasladarnos a vivir San Isidro.

No sabía ni a dónde íbamos a vivir, hasta que ya todos montados en el cajón del camión con nuestras pertenecías, nuestra madre nos dijo: “su abuela compró una propiedad, construyó una casa y nos la regaló”.

Tiempo después supimos las verdaderas palabras que le había dicho mi abuela a mi madre cuando le entregó las llaves de la casa:

“Ahí está esa propiedad y esa casa, son suyas, porque usted con esa marimba de chiquillos que tiene y ese marido tan malo, nunca ver tener nada”.

Llegamos a vivir a lo que hoy en día se conoce como barrio Boston, calle 1. Una casa grande, de madera, como dirían un cajón, con unas divisiones sin puerta que indicaban, estos son cuartos, esta es la sala, aquí la cocina y a 50 metros de la casa un escusado de hueco.

Las ventanas grandes de madera, que se abrían hacia fuera, sin vidrios. Mi familia se componía de 7 hermanos, seis hombres y una mujer y mis padres, en total nueve personas. Mi padre trabajaba para el Ministerio de Obras Públicas y Transportes (MOPT), era tractorista, cosa que siempre en la escuela, cuando me pedían indicar la profesión u oficio de mi padre, no sabía que escribir, hasta que un día mi madre me dijo: “escriba operario de maquinaria pesada”.

Una mañana, estando mi madre en la casa, escuchamos por una de las ventanas a nuestra vecina doña Alice Jiménez, la mamá de los Abarca, Cali, Machi, Deyfilio, Oscar, Melvin y un poco de mujeres, llamar por la ventana que colindaba con su propiedad; yo estaba en el cuarto y le contesté:

-en qué le puedo servir Doña Alice, me dijo:

-Ahí está su mamá José, me la llama por favor”, le dije que sí y llamé a mi madre, llegó mi madre y se asomó a la ventana y doña Alice le dijo:

– ¿Cómo está doña Alice? ¿En qué le puedo servir? Doña Alice la saludo y le dijo:

-Doña Marina, ahí por la radio Reloj están diciendo que se murió una señora Rosa García viuda de Matamoros, ¿no será la mamá de don William?

Mi madre puso la radio y espero hasta que volvieron a pasar el mensaje: “Servicio social de radio Reloj, los familiares de Rosa García viuda de Matamoros, comunican su fallecimiento confortada con los santos sacramentos, sus funerales se realizarán mañana en la iglesia tal y después su cuerpo será depositado en el cementerio General, paz a sus restos y consuelo a sus familiares”.

El único que estaba en la casa era yo, por lo que mi madre me dijo:

“-José Luis, tiene que ir a buscar a su papá que está trabajando en el plantel del Hoyón y le dice todo lo que escuchó para que él averigüe si de verdad se murió mi suegra”.

-Tomé rumbo al Hoyón, a pie, por la carretera que pasa frente al plantel, después de rato caminar llegué al plantel y pregunté por mi papá, me dijeron que estaba con un tractor sacando material del río y que tenía que esperar hasta que lo llamaran. Me senté en una piedra y esperé a mi padre, que al rato llegó y me dijo: -Y diay “chelis” que anda haciendo por aquí, yo me traje hoy el almuerzo, se le olvidaría a su mamá”, le dije que no y le expliqué la situación. Mi papá me dijo que me esperara y se fue a pedir permiso para salir, regresó y nos fuimos para el centro de San Isidro de nuevo a pie, de camino me dijo:

-hay que buscar un lugar donde nos presten un teléfono o lo alquilen para llamar a su tío Luis Carlos, que es el único de mis hermanos que tiene teléfono.

Llegamos al centro, y comenzamos a buscar un teléfono, en la mayoría de los lugares nos decían que no se alquilaba el teléfono y menos prestarlos porque las llamadas eran muy caras y más a San José, ni aun sabiendo el motivo de la llamada.

Después de un rato, nos sentamos en el parque, mi padre se puso a pensar que hacía, en eso llegó un amigo suyo, mi padre le contó la historia y le dijo: -William vamos a las oficinas de la compañía eléctrica de Saborío, yo tengo un amigo y nos puede hacer ese favor. Mi padre me dijo que lo esperara sentado en un pollo del parque. Al rato llegó mi padre y me dijo: -Ya hablé con Luis Carlos, me dijo que su abuela Rosa tenía meses de estar muy enferma y que ayer se murió. Los funerales son mañana a las once en la iglesia tal.

Cuando llegamos a la casa, mi padre le contó a mi madre que la noticia era verdad, mi madre muy dolida, abrazó a mi padre y le brotaron lágrimas de dolor que fueron cayendo por su mejilla. Al otro día se fueron en la Musoc para San José a los funerales de mi abuela Rosa.

Así, en aquellos tiempos de tanta falta de comunicación nos enteramos de que la abuela Rosa, a quien solo vi dos veces en mi vida, había dejado este mundo para partir, como dice la gente “a un lugar mejor”.

Poco tiempo después estando en segundo grado murió mi abuela Micaela y me quedé tan solo con 7 años huérfano de abuelos y de su cariño. Me tocó vivir siempre con “envidia” al escuchar a mis compañeros de escuela o colegio hablar de lo bien que la pasaban visitando o compartiendo con sus abuelos.

Prof. José Luis Matamoros B.

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  1. Cuca Coto