Un Atleta de Dios

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Un Atleta de Dios

Otra bella historia de la pluma de nuestro amigo Victor Flores, que nos comparte y con mucha honra publicamos. Espero la disfruten tanto como nosotros lo hacemos con cada una de ellas.

 

VICTOR MANUEL FLORES AGUILAR

A mediados de 1989, soportando en pleno la temporada de huracanes. Fuimos extremadamente azotados por el huracán Juana. Sus vientos se estrellaron fuertemente en todo el territorio nacional, acompañados de interminables y copiosos aguaceros que originaron devastaciones generalizadas en toda la pequeña Costa Rica.

Principalmente en la zona del pacífico sur, en donde colapsaron innumerables puentes y desaparecieron varias e importantes carreteras. Igualmente, las vías de acceso a las distintas localidades quedaron totalmente cercadas, dejando estela de dolor y desolación a múltiples familias establecidas cercanas al Pacifico central de la pequeña Costa Rica.

Mario Alberto, no pudiendo declinar sus responsabilidades, aunque es un borrascoso día en la capital San José de Costa Rica ¡aun así! Sumamente abrigado, salió a luchar contra las inclemencias del tiempo. Del mismo modo, con sus colegas del transporte público. Cuando el tiempo se presenta en condiciones adversas, las personas deciden no salir de sus casas, causando que el pasaje disminuya considerablemente.

En algunos casos, afectándolos hasta en un cincuenta por ciento. ¡Pero bueno! ¿Qué le vamos a hacer? –Se consolaba- Si hay que ocuparse en estas difíciles condiciones. Bienvenido sea el ineludible y bendito trabajo –Repasaba resignado Mario Alberto- Aviniéndose al momentáneo y difícil escenario que se le presentaba.

El día por la tarde se manifestó tal y como lo presintió – sin pasajes- Decidido, se estacionó al frente de una exclusiva clínica médica, procurando no debilitarse torpemente dando vueltas innecesarias por toda la cuidad, en busca de algún cliente. Prontamente, observo debajo de una marquesina una joven pareja guareciéndose debido al fuerte aguacero que se presentaba en esos instantes. Es posiblemente, que alguno de ellos requirió de un tratamiento –Repasaba- Reiteradamente, juntos, le hacían señales con sus manos, indicándole que se estacionara lo más cercano posiblemente. Querían evitar a toda costa, ser alcanzados por el excesivo chubasco que caía en ese preciso momento.

Mario Alberto estacionándose lo más próximo, el joven acompañante cortésmente abrió la puerta del automóvil y, socorrió a la hermosa y lozana jovencita quien le hacía compañía. Rápidamente, dio vuelta y subiéndose al carro amablemente le solicitó que los trasladará a un importante supermercado, situado en los alrededores de San Francisco de Heredia. En ruta, la agraciada jovencita empezó a deliberar con su joven pareja.
-Carlos ¿verdad que es injusto? ¡No puedo creer, lo que nos está pasando! -exclamó nerviosamente-
-Tranquila Rebeca, sé que Dios prontamente intercederá y nos dará una piadosa solución a nuestro descomunal problema. -Le contestó Don Carlos-
-¡Lo que no logro aceptar! es que… Siendo nosotros tan jóvenes tengamos que iniciar nuestra familia, en condiciones tan adversas.
-¡Mi querida esposa! sabe bien que somos cristianos, sumamente religiosos y respetuosos de los mandamientos que Dios instauró en esta tierra. Por eso, estoy totalmente convencido, que él se encargará de guiarnos y sabrá elegir .de la mejor manera, una buena solución a la difícil situación que sobrellevamos -la consolaba–
-¡Pero!… ¿Por qué a nosotros? Siempre le adoramos, le respetamos, trabajamos arduamente para un ministerio de su iglesia. Considero injusto, el pago recibido por nuestra sumisión -le decía sollozando-
-Querida Rebeca, recuerda, Dios es sabio y sabrá porque nos eligió – le respondió resignado Don Carlos-
-¡No, no, no! Jamás podré aceptar esta “carga” – Le dijo sumo irritada- creó que es un merecido castigo que Dios nos envió, cobrándonos algún error cometido por alguno de nosotros. Jamás, lograré soportar la difícil situación que recae fuertemente sobre mi espalda. –Se intranquilizaba Rebeca-
-Querida, recuerdas, ayer nuestro guía espiritual nos habló del Señor. Nos dijo, que es al único al que podemos decirle “Qué es bueno” Él nunca dará una pesada “carga” a personas que no sean capaces de poder sobrellevarla – ¿Te acuerdas?-
-Claro que lo recuerdo, pero me siento confundida, creo no poder tolerar más esta amarga pena que me embarga –Le dijo-
– Carlos ¿Piensas que el joven pediatra, ostente suficiente experiencia en su profesión? Continuaba intrigada Rebeca, consultando.
-Sí Rebequita, él es un profesional calificado, de lo contrario no estaría laborando en esa afamada clínica –Le contestó-
-Pero, considero que no parece tan profesional, al exteriorizarnos la inhumana manera, de cómo debemos proceder.
-Cariño, amor ¡Escucha bien! El doctor nos sugirió una alternativa de cómo actuar. En nosotros está aceptar sus conjeturas o proceder contrario a las mismas –Pacientemente Don Carlos le contestaba-

Así, de un cuestionamiento a otro, Don Carlos de todas maneras intentaba de dar sosiego y calma a su apenada esposa, que por nada aceptaba lo que Dios les había establecido -según ella- como un castigo porque alguno desobedeció sus leyes.

Mario Alberto, manteniéndose al margen de la situación que acontecía en el asiento postrero de su carro, lo único que se le ocurría de momento, era mirar disimuladamente por el espejo retrovisor. Prontamente, notó en la mirada de Don Carlos ¡Que deseaba consultarle! ¡Ambicionaba preguntarle algo! Posiblemente un ¿Qué haría usted señor en una situación como esta? -¿Cómo se las arreglaría usted, señor chofer? – Y Mario Alberto, consiguiendo leer su mente en todo momento respetó su intimidad y se mordió su lengua, para no inmiscuirse en un asunto que hasta ese momento no era enteramente de su incumbencia. Don Carlos, tratando de evadir la presión creada por los constantes cuestionamientos de su mortificada esposa. Mirándole nuevamente por el espejo retrovisor, esta vez más animado, le interpeló.
Caballero, distingo que usted es mayor que nosotros –Le dijo- por lo cual, considero pertinente consultarle respecto a un ineludible problema en el cual estamos sumidos ¿Me lo permite? –Le preguntó- Adelante señor, por mí no se preocupe. No tengo ningún problema, al respecto. –Le contesto convincente Mario Alberto-

Escuchadme bien, amable señor –Le dijo- Mi joven esposa Rebeca, tiene cuatro meses de embarazo. El pediatra que la asiste evidenció que el niño en gestación, tiene problemas irreversibles y nacerá con el síndrome de Down. Posteriormente, el profesional en medicina nos indicó que consideráramos como una posible alternativa, que mi señora aborte el feto. Como puedes enterarte, es un descomunal dilema familiar. La conducta alterada de mi esposa Rebeca, los incontables reclamos a Dios, son generados porque somos fieles creyentes y participativos activos en su iglesia. Por eso, ella despotrica airadamente contra él -Don Carlos, tristemente explicaba su problema- Ahora amigo, estando enterado de la magnitud de nuestro problema. ¿Quisiera conocer, que piensas al respecto? ¿Cómo te desprenderías de un problema similar? – Interesado preguntó Don Carlos-
-Estimado Don Carlos, por respeto quisiera estar al tanto si su esposa consiente mi intromisión, recuerde que es un delicado problema familiar. –Preguntó Mario Alberto-
-Adelante caballero, no te detengas. Para nosotros no será molesto. Al cabo, ya conoces del asunto. –Decididamente, contestó la afligida Rebeca-
Y Mario Alberto, sintiéndose autorizado –pregunto- Don Carlos, Doña rebeca, cómo fieles creyentes examinaron si alguno de ustedes tiene la potestad de decidir si un nuevo ser vive o muere ¿Ya se lo preguntaron? Piensan que la condición física para que este nuevo ser venga al mundo es una razón válida, para tener el derecho de arrebatar su vida. Repasaron ya, que por esta sencilla razón puedan negarle la posibilidad de que visite nuestro mundo ¿Ya decididamente se lo preguntaron? Les enfatizaba decididamente Mario Alberto.

– Creo que la respuesta correcta es no. Ningún ser humano en el infinito universo está autorizado para proceder de esa manera. –Contesto Don Carlos-
– ¿Han evaluado la posibilidad, de que el creador los está usando cómo testimonio para toda la humanidad y, no como una gran “carga” como lo expresó anteriormente doña Rebeca? –Continuaba, Mario Alberto preguntando-
– Bueno, pienso que sus preguntas son sensatas, lo duro es aceptar la realidad
–Sollozando, contestó Rebeca-
-¿Se acuerdan de pasaje bíblico? Cuando el señor le ordenó a Abrahán sacrificar su único hijo, Isaac. ¿Lo recuerdan? Exigiéndole, una prueba indiscutible de obediencia hacia él, ¿Lo recuerdan? Pues bien, Posiblemente Dios también está evaluando su obediencia y quiere constatar hasta donde ustedes como matrimonio, son capaces de llegar.
-Puedas que tenga razón, amigo taxista. Pero, las leyes de Dios son difíciles de cumplir. Está problemática nos tiene confundidos -Contestaba con evasivas Don Carlos-

Y Mario Alberto, convencido que no se  equivocaba –Nuevamente les dijo- Queridos compañeros de viaje, recuerden que al único que podemos llamar bueno es a Dios. Él no dará ninguna carga a personas que no sean capaces de poder sobrellevarla. En sus respuestas saben bien lo que deben hacer. Pero para reafirmar en pocas palabras, les voy a responder lo que en síntesis me preguntaron. Deben Permitir que ese pequeño venga al mundo. Nuestro señor siempre obra por alguna razón y considero que está ocasión tampoco será la excepción.
¡Valla sorpresa! -dijo Don Carlos- Que tan cercano tenía las respuestas a mis dudas. Sinceramente te subestime apreciado chofer, te agradezco tus aleccionadores consejos -Le dijo sumo complacido-
Sin ánimo de proyectar ser santo porque soy un profano más de este convulso mundo. –Respondía Mario Alberto- Es enteramente de sentido común lo que acabo de decirles. Como pueden ver, soy una persona que peino canas. Por eso, les hablo con total propiedad de esta manera. Y doña Rebeca igualmente conmovida, por lo que salió de la boca del desconocido chofer de taxi. Le daba también las gracias y, creando la señal del triunfo con su dedo pulgar. Se aferró del brazo de su joven esposo e ingresaron rápidamente al supermercado.

A mediados de agosto del 2008 Mario Alberto se mantenía entusiasmado, con las que satisfactorias noticias que llegaban del exterior. Por suerte, no son los molestos y reiterados informes sensacionalistas, o los perennes y múltiples accidentes ocurridos diariamente. Cuando no son de corte escandaloso nos fastidian hablando de temas políticos, refiriéndose a las distintas e incontables deficiencias con los ocurrentes personajes que nos han gobernado décadas atrás. Y sumo exaltado Mario Alberto escuchaba con atención las últimas noticias que están llegando del otro lado del mundo. Por un rato, suspendió su almuerzo, no quería de ninguna manera apartar su vista del televisor. Al parecer, los atletas que nos representaron en las olimpiadas paraolímpicas en Beijín China, cosecharon importantísima cantidad de medallas en las distintas disciplinas en que participaron, logrando en la mayoría de los casos las anheladas medallas el oro. -Repasaba Mario Alberto- Que es admirable su participación por ser jóvenes atletas especiales, distinguidos de esta manera por padecer alguna discapacidad física o mental. Requisito ineludible, para acceder en estas importantes justas deportivas

Interesado en las noticas televisivas, el comelón de Mario Alberto se enteró que esta misma tarde arribara al país, los triunfantes y admirables atletas especiales. Que por su honrosa y calificada participación deportiva, el pueblo de Costa Rica los recibirá como lo que son, grandes atletas. Para eso, organizaron una caravana con carroza incluida, planeando visitar los lugares más concurridos del área metropolitana. De esta manera, el entusiasmado pueblo les expresará merecidas muestras de cariño y admiración, por su descomunal gesta en tan magno evento deportivo.

Por circunstancias propias de su trabajo y, cayendo la tarde Mario Alberto concluyó un servicio público alrededor de la Casa Presidencial. Entre el bullicio generado por la muchedumbre que sumo efusiva se aglomeraba en sus alrededores, por razones obvias conducía extremando cuidados. A corta distancia y conduciendo despacio, logró acercarse a una señora acompañada por un joven atleta especial, quien muy interesada tenía largo rato de agitar sus manos, señal inequívoca que necesitaba urgentemente el servicio de transporte público.
-“Amable Señor, ¡discúlpeme! ¿Puede trasladarme a Tibás? – Cortésmente le solicitó-
-Con mucho gusto señora, será un honor transportarla junto a ese pequeño, pero gran campeón – Congraciándose Mario Alberto le contestó-

Estando dentro de automóvil, la mujer dejo brotar de su boca gran exclamación “¡Ho! por Dios ¡No lo puedo creer! es usted mismo”. –Le dijo con admiración-
-¿Y ahora que hice? – Sobresaltado preguntó Mario Alberto-
-¿No te acordáis de mí? ¡Soy Rebeca la esposa de Carlos! ¡Te acuerdas! Aquella lluviosa tarde nos recogisteis junto a la clínica Bíblica ¿Te acuerdas o no? -Interesada Consultó-
-Claro, ahora estoy recordándote, señora ¡No me digas¡ ¿Él es aquel niño de quien, en un pasado no muy lejano me referir?. -Pregunto interesado Mario Alberto-
-Sí, es él mismo, él que tú en ese lluvioso día de muy buena manera te referisteis. Él mismo que siendo inoportuna ese día le nombré cómo mi gran “carga” el gran castigo que el señor me ofrendó. Aquí lo tienes en persona. Te presento a mi incomparable campeón, mi adorado hijo Carlos Roberto –Decía orgullosa su madre Rebeca-
Mario Alberto, interesado revirtió su mirada hacia el jovencito enterándose que todavía no había descendido de la carroza. Ajeno a lo que conversaba con su madre, saludaba efusivamente a las personas que desfilaban alegres a su alrededor. Y Mario Alberto extremando cuidados continuaba escuchando a su creída madre -Diciéndole- Mí “Apreciado señor, la tarde que nos ofreciste el servicio de taxi estábamos sumamente confundidos. Tanto que, no tuvimos la gracia de preguntarte tu nombre –te aclaro- eso no figuró como un inconveniente para la familia. Hasta la fecha elevamos plegarias a Dios, bendiciendo al taxista que peina canas. También…Quiero decirte que ese mismo día, sin siguiera alcanzar el umbral del supermercado, ya habíamos decidido sabiamente traer el niño al mundo. ¡Digo sabiamente! Porque como podéis ver, él es el orgullo más grande que ostenta nuestra pequeña familia. Cuando nació, por bendición mi esposo en pocos días fue ascendido de puesto, facilitándome renunciar a mi trabajo y lograr ofrendarme exclusivamente a él. Con el paso del tiempo y teniendo que llevarlo a cumplir con su habitual terapia de piscina, observé que tenía habilidades para practicar el nado.

Posteriormente lo inscribí en competencias nacionales siendo siempre un seguro ganador. Permitiéndole rápidamente ser seleccionado nacional e ir a competir en las olimpiadas paraolímpicas en China, ¡Y mira el resultado! ¡Observa amigo taxista, la cantidad de medallas que cuelgan sobre su pecho! Sinceramente, soy la madre más orgullosa y feliz del mundo. Y pensar que por mi insensatez, en esos equivocados momentos y por falta de sapiencia, un día ofendí grandemente a mi señor. –Se comunicaba sensible Doña Rebeca-
Mario Alberto, observando que doña Rebeca irradiaba felicidad por los elogios que el gentío le gritaba a su popular hijo -Le propuso- Doña Rebeca ¡mira la felicidad de tú hijo! –Le dijo- ¿Te parece bien, si prolongamos aún más el desfile de recibimiento? ¡Considero, que bien se lo merece! Es un asunto muy suyo – Contesto- si piensas que es lo correcto, jamás me opondría. Estando los dos de acuerdo, iniciaron nuevamente parte del recorrido. Mirando por el espejo retrovisor sin descuidar un segundo el volante de su carro, pudo observar a doña Rebeca manifestando un inflado orgullo por su especial hijo, su cara denota gestos de vanidad, como pretendiendo decirle al mundo – ¡mira gente! ¡Él es mi especial hijo!- ¡El gran campeón!- ¡el que ganó más preseas representando su país! ¡Si, él es mi grandioso hijo amado! ¡La bendición más grande, que un día Dios me lo concedió!

Sumamente conmovido, por las “toneladas” de felicidad que viajaban en el asiento trasero de su carro, Mario Alberto se cuestionaba- ¿Por qué no creer en los milagros? ¡Si esto no es un milagro, Entonces! ¿Cómo será un milagro? Miraba disimulado a Doña Rebeca y nuevamente se preguntaba. Esa feliz mujer que un confuso día dudo, creyendo que su hijo era un gran castigo enviado por Dios por alguna falta cometida ¡y mírala ahora! qué felicidad posee en estos incomparables momentos en su vida. ¡Cómo cambia las cosas con el pasar del tiempo! -Repasaba pensativo, Mario Alberto-
Mirando de nuevo por el espejo retrovisor, observó al atleta de Dios felizmente agitando sus manos, saludando a todas las personas que se aglomeraban a la vera del camino. Del mismo modo, tomaba las medallas de oro bien ganadas en las olimpiadas especiales y las besaba cariñosamente, en señal de dedicación a los presentes. Cuando oía mucha algarabía, levantaba por todo lo alto sus manos y haciendo la señal de la victoria, la gente empezaba incansablemente a vitorearle.
Y Mario Alberto, detrás del volante, orgulloso, se vanagloriaba por lo que estaba viviendo y, queriendo hacer suyo el vitoreo que recibía el especial campeón. Tratando de agrandar un poco más la felicidad del especial atleta de Dios, conducía su carro más despacio. De pronto, al mirarlos regocijados, sus frágiles emociones empezaron a traicionarle, sus vidriosos y húmedos ojos le impedían conducir con toda propiedad. Sumamente susceptible sentía que el pecho se le agrandaba, su corazón palpitaba apresuradamente y se le irisaba todo su cuerpo, experimentando infinidad de sentimientos encontrados. Sintiéndose de esta manera, decidió levantar su frente sobre el despejado cielo y así, darle infinitas gracias a Dios por consentir ver sus sagradas obras.

Reiterándole, las infinitas gracias por aprobar su desmedido llanto. El llanto que enaltece al hombre. El llanto, que brotaba de lo más profundo de sus entrañas. ¡Y si! –Se decía en sus adentros- Estoy llorando plácidamente y no me avergüenzo. Porque estoy llorando con el divino llanto que exclusivamente nos brinda…la felicidad.